viernes, 4 de abril, 2025

La importante velocidad del sistema digestivo

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La velocidad con la que los alimentos recorren el sistema digestivo es un factor clave para la salud y el bienestar. A pesar de que muchas personas se preocupan por la calidad y el valor nutricional de los alimentos que consumen, pocos se detienen a pensar en el tiempo que estos tardan en recorrer el tracto gastrointestinal, un proceso que puede influir en el funcionamiento del organismo de diversas maneras.

El tránsito de los alimentos comienza en la boca con la masticación y continúa a lo largo de un sistema complejo que incluye el estómago, el intestino delgado y el intestino grueso. En este recorrido, los órganos cumplen funciones específicas: el estómago descompone los alimentos, el intestino delgado absorbe los nutrientes y el intestino grueso se encarga de extraer agua y sales antes de la eliminación de los desechos.

Este proceso, conocido como motilidad intestinal, es regulado en parte por el microbioma intestinal, un conjunto de miles de millones de bacterias que desempeñan un papel fundamental en la digestión y en la salud general del organismo. Estas bacterias no solo ayudan a descomponer los alimentos, sino que también contribuyen al desarrollo del sistema inmune.

El tiempo de tránsito intestinal, es decir, el periodo que le toma a los alimentos recorrer el tracto digestivo, varía entre individuos. Según estimaciones recientes, este proceso puede tomar entre 12 y 73 horas, con un promedio de 23 o 24 horas. Esta variabilidad influye en la composición del microbioma y, en consecuencia, en la salud digestiva.

Diversos factores afectan la motilidad intestinal, entre ellos la genética, la alimentación y la composición bacteriana del intestino. Un tránsito lento puede generar problemas digestivos, ya que permite que las bacterias del intestino grueso produzcan metabolitos diferentes a los habituales.

Si la fibra no llega en cantidad suficiente a este tramo del sistema digestivo, las bacterias recurren a las proteínas como fuente de energía, lo que puede derivar en la producción de gases tóxicos, inflamación y molestias abdominales. Además, un tránsito intestinal lento puede provocar la acumulación de material no digerido en el intestino delgado, lo que puede ocasionar dolor, náuseas e hinchazón.

Por otro lado, un tránsito digestivo acelerado también tiene consecuencias negativas. La ansiedad, la enfermedad inflamatoria intestinal y el síndrome del intestino irritable pueden reducir significativamente el tiempo de tránsito y causar episodios de diarrea. En estos casos, las heces suelen ser blandas y contener un alto porcentaje de agua, lo que impide la adecuada absorción de líquidos y nutrientes, aumentando el riesgo de deshidratación.

Para conocer el tiempo de tránsito intestinal, existe una prueba casera sencilla: “La prueba del maíz dulce”. Consiste en abstenerse de consumir este alimento durante 7 a 10 días y luego ingerir una pequeña cantidad, como una mazorca o un puñado de granos cocidos. Dado que la cáscara del maíz no es digerible, se puede observar en las heces al final del proceso digestivo. Si aparece en menos de 12 horas, el tránsito intestinal es rápido; si tarda más de 48 horas, es lento.

Aunque esta prueba no es un diagnóstico definitivo, puede dar una referencia sobre la velocidad de la digestión. En caso de tránsito excesivamente rápido o lento, es recomendable ajustar la alimentación y, si es necesario, acudir a un médico. Incrementar el consumo de fibra mediante frutas y verduras, beber suficiente agua y realizar actividad física pueden contribuir a mejorar la motilidad intestinal y mantener un sistema digestivo saludable.